La parte del viaje que no sale en ninguna foto y sin la que no hay viaje.
El que miramos, cerramos la pestaña y volvimos a abrir a los diez minutos.
Diez días de carretera discutiendo quién pone la música.
La que se reserva con meses y se cuenta durante años.
Sin plan, sin alarma y sin mirar cuánto cuesta el desayuno.
El de ahora es de persona y media, y siempre sobra el mismo.
La que hace ruido de bar a las ocho de la mañana.
Dos pisos de cosas, tres plantas sin ascensor y cero intención de subirlo a mano.
Las de estrenar cama un martes cualquiera.
Las de ahora se pegan hasta hirviendo agua.
Una casa en el campo, una chimenea y el móvil en un cajón.
En el sitio ese que hay que reservar con un año de antelación. Va siendo hora.
Cada uno al suyo, que además no es el mismo.
Las fotos acaban todas en la nube, y en la nube no las mira nadie.
Para aprender a decir «tiene madera» con algo de criterio.
Las nuestras tienen una rueda cada una y hace tiempo que fingen.
Cena, copas y el taxi de vuelta, que es la parte que siempre se olvida.
La coctelera lleva dos navidades en el armario sin estrenar.
Nevera vacía, casa nueva y ni un plan para cenar.
El plan más barato de la lista y el que más vamos a usar.
Casi está
Cómo aportar
La letra pequeña
Con lo que os apetezca está bien, de verdad. Aquí no lleva nadie la cuenta.
Nadie tiene que cargar con una caja el día de la boda.
Venir y pasarlo bien.